La lluvia no dio ayer tregua al Botxo. Fuertes chaparrones empaparon desde primeras horas de la mañana sus calles y a los cientos de personas que desde el mediodía ocupaban el Casco Viejo, visitado estos días por muchos forasteros atraídos unos por el efecto Guggenheim, otros por Aste Nagusia. A la sobremesa, el ambiente había subido muchos grados y comenzaron a verse las primeras camisetas de comparseros, que habían cambiado el buzo, utilizado durante el montaje de las txosnas, por las camisolas multicolores. En este ámbito, el abanico se ha abierto un poco más con la incorporación de Altxa Porrue, cuyo montaje se alza a un lado del kiosco del Arenal.
Aunque las ansias de juerga y diversión lograban subir la temperatura ambiental, los fuertes chaparrones se convirtieron en un handicap. A las 18.15, 45 minutos antes del chupinazo, un aguacero trató de apagar estas ganas de fiesta. Para entonces, varios cientos de personas, muchas ellas jóvenes se situaban detrás de las vallas instaladas en la Plaza del Arriaga. Provistos de botellas con todo tipo de brebajes aguardaban la llegada de Marijaia.
No fue lo único que llevaron al recibimiento, también harina y huevos, entre otras sustancias difíciles de identificar, con las que comenzaron a embadurnarse. Tal actitud, que había sido recriminada en las jornadas previas al chupinazo por Bilboko Konpartsak, retrajo a muchas personas mayores y con niños pequeños, que optaron por situarse detrás de las vías del tranvía.
Diez minutos antes del lanzamiento del cohete, El Arenal era un hervidero de súbditos de Marijaia, deseosos de volver a ver su sonrisa y sus brazos en alto, aunque aún había que esperar. Mientras, el corazón de Aste Nagusia se iba poblando de más gente, muchos portando ikurriñas y enseñas en las que se reclamaba el regreso de los presos vascos a Euskal Herria.
A las 18.52, los ventanales del Arriaga se abrían para dar paso al pregonero, el montañero Juanjo San Sebastián, embutido en su uniforme amarillo con bicornio negro. Los suspiros trataban de abrirse paso entre gotas de Agua de Bilbao, kalimotxo, sidra, vino peleón o gaseosa.
El pregonero pronunciaba su largo llamamiento a la fiesta mientras varios comparseros trataban de impedir que algunos huevos impactaran en el rostro de San Sebastián, sin que pudieran lograr su objetivo, ya que algunos de los proyectiles le dieron. También tuvieron que torearlos una pareja de comparseros que portaban sendas enseñas en las que se reivindicaba la repatriación de los presos vascos y otra en la que se denunciaba el apartheid hacia la izquierda abertzale. Poco después, la txupinera, reconocible por su traje rojo, lanzaba el chupín, que, al atronar en el cielo, desataba la pasión.